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Maurice
Strong
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"El siglo XXI será el último"
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Por
Linda Dorow y Marcelo Jelen
La pobreza del hogar protestante en que
nació hace 71 años en Oak Lake, Canadá, inspiró a Strong a
apreciar el valor de los recursos naturales como factor de
desarrollo. Este empresario fue el secretario general de la
Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU)
sobre Ambiente Humano, realizada en Estocolmo en 1972, y primer
director ejecutivo del Programa de las Naciones Unidas para
el Medio Ambiente (1972-1975).
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A fines de los años 90, participó activamente
en el proceso de reforma de la ONU. Hoy preside el no gubernamental
Consejo de la Tierra con sede en Costa Rica y la Universidad para
la Paz (Upaz).
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Tierramérica:
¿Cuáles son los principales problemas ambientales de América
Latina?
Strong: La biodiversidad es un gran problema. El mundo debería
ayudar a los países con gran biodiversidad a preservarla.
Otra prioridad es la contaminación del aire y del agua en
las ciudades. Es paradójico que la civilización naciera en
las ciudades y -espero equivocarme- vaya a morir en ellas.
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¿Los
países pobres pueden desarrollarse si protegen el ambiente?
-Respetar el ambiente es un imperativo mayor para los pobres que
para los ricos, porque es su principal recurso. Los productos básicos
y el agua dependen del ambiente. Los países pobres se están dando
cuenta de que protegerlo no es una mera idea que viene del Norte,
sino algo que los puede enriquecer. Hace poco hablé al respecto
durante una hora con el primer ministro de China (Zhu Rongji). ''Hemos
estado muy equivocados y debemos cambiar'', me dijo. China percibe
ahora el daño económico y humano -las inundaciones, por ejemplo-
que sufre por sus descuidos. La contaminación del aire y del agua
es más perjudicial en el mundo pobre, porque eleva el costo de su
desarrollo futuro. Ignorar el ambiente para ''limpiar'' después
no funciona. Si los países en desarrollo continúan haciéndolo, la
pobreza se perpetuará.
¿Los militares deben colaborar con la protección del ambiente?
-A falta
de enemigos externos, los militares buscan nuevas funciones. Desean
sobrevivir, como cualquier institución. Por eso asumen nuevos retos;
en lugar de oprimir a la gente, quizá se dediquen a tareas constructivas
como proteger el ambiente. Una de las organizaciones más activas
en la conservación del agua en Estados Unidos es el Cuerpo de Ingenieros
del Ejército. Pero ese es apenas un aspecto de la relación entre
ambiente y paz, que se manifiesta, por ejemplo, en el manejo de
las cuencas fluviales limítrofes, entre otros recursos que cruzan
las fronteras. Se trata de anticipar los conflictos antes de que
estallen. Por eso creamos la Universidad para la Paz (Upaz) y ahora
tratamos de instituir un ombudsman (Defensor del Pueblo) que ayude
a prever y solucionar conflictos originados en el manejo de recursos
naturales. Los militares podrían colaborar.
¿Cuál
es la finalidad de Upaz?
-Educar,
entrenar e investigar. No se trata sólo de formar fuerzas para mantener
la paz en zonas de conflicto, sino de educar para que no sean necesarias.
Yo trabajé en la reforma de la ONU, determinando qué organismos
debían suprimirse, fusionarse o fortalecerse. Upaz era débil y pequeña,
pero tenía buenas ideas y decidimos ampliarla. Tenemos un centro
de investigaciones en Montevideo. La transición de Uruguay de una
dictadura a la democracia fue pródiga en la formación de expertos,
necesarios en países que ahora afrontan el mismo proceso. Upaz trabaja
ahora con la Unión Mundial para la Naturaleza y con el Consejo de
la Tierra en la elaboración de criterios internacionales para instalar
parques de paz. Muchos países enfrentados por guerras, como las
dos Coreas o Ecuador y Perú, quieren crear parques de paz fronterizos.
Existe uno, incluso, entre Canadá y Estados Unidos. Más de 100 países
quieren los suyos con el fin de educar para la paz y el ambiente.
¿Cree necesario imponer normas fundamentales de alcance planetario
en materia ambiental?
-En la Cumbre de Río exhorté a los gobiernos
a adoptar una Carta de la Tierra. Pero no estaban preparados. Entonces
pensé que si los gobiernos no lo hacían debía hacerlo la gente.
Comenzamos con un puñado de personas y ahora participan decenas
de miles. Ahora esperamos presentar el último borrador, aprobado
en marzo, a los líderes mundiales. La Carta no es un tratado. Los
tratados son importantes, pero, por lo general, se ignoran. Queremos
que la Carta sea un documento activo. Existen en el mundo diversas
creencias espirituales y morales, diversas culturas, pero hay principios
básicos en los que debemos ponernos de acuerdo si pretendemos sobrevivir
como especie. La Carta de la Tierra es un intento por encontrar
coincidencias. Espero equivocarme, pero creo que el siglo XXI será
el último de nuestra civilización. Somos autodestructivos. No desaparecerán
todas las formas de vida, pues los insectos y muchos animales sobrevivirán.
Pero una civilización como la actual es insostenible. Si notamos
que la temperatura aumenta y sabemos que se puede hacer algo al
respecto, debemos hacerlo ahora y no esperar hasta que sea demasiado
tarde. La naturaleza cambia a un ritmo sin precedentes debido a
las dimensiones de la población y a la escala e intensidad de la
actividad humana. El cambio natural ocurre en períodos mucho más
prolongados. Tenemos la opción de destruirnos o de cambiar la civilización,
reducir la pobreza y garantizar una buena vida para todos. Con educación
sobre los valores de la Carta de la Tierra, la gente sabría influir
sobre la situación. Pero no sé si seremos tan listos. Creo que hay
solución, pero muchas veces pienso que nuestras posibilidades de
supervivencia no son buenas. Soy un hombre viejo. Tengo nietos,
y quiero dejarles un mundo donde se pueda vivir en paz con la naturaleza
y con el prójimo. Naturaleza y paz están muy vinculadas.
¿La
salud del planeta mejora o se agrava?
-Ahora
estamos peor que antes de las conferencias mundiales en Estocolmo
y Río de Janeiro. En Estocolmo perdimos la inocencia. Antes, dañábamos
el ambiente sin advertirlo. En Río lo comprendimos mucho mejor.
Firmamos convenciones sobre cambio climático, sobre biodiversidad.
¿Qué pasó desde entonces? La población se duplicó, la economía mundial
se quintuplicó. Por lo tanto, el impacto ambiental aumentó. Por
otra parte, los acuerdos de Kyoto para limitar la emisión de gases
invernadero son insuficientes. Aun así, la mayoría de los países
no cumplirán las metas, ni siquiera el mío. Es como el cáncer: a
veces parece un simple resfrío. Si no interpretamos bien los síntomas
ni lo tratamos a tiempo, invade todo el organismo. Desde Estocolmo
y Río hemos desarrollado la tecnología para mitigar el daño. Ahora
tenemos los medios, pero nos falta motivación. Nos falta un sistema
de valores morales y éticos. Los gobiernos deberían ser el instrumento
más importante para expresar esos valores. Pero la base es la gente.
No confío en los gobiernos. Sé que no me corresponde decirlo, pero
los gobernantes no están actuando como líderes.
*Los
autores son corresponsales de IPS.
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