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Ambiente bajo fuego enemigo |
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Por Diego Cevallos*
Pozos incendiados, fuentes de agua
contaminadas, temibles epidemias y devastación atómica,
química o bacteriológica son algunos posibles efectos
ambientales de una guerra en Iraq, según especialistas consultados
por Tierramérica.
MEXICO.- Cuando el científico estadounidense
Matthew Naud visitó Kuwait en 1998, le fue fácil descubrir
pruebas del impacto ambiental de la guerra del Golfo, ocurrida siete
años antes: introdujo su mano en la arena y a pocos centímetros
encontró aún frescos los restos de derrames petroleros.
Hoy, Naud teme que aquellas evidencias empalidezcan
ante el desastre ambiental que podría desatarse si Estados
Unidos cumple su plan de guerra contra Iraq, un conflicto en el
que ni siquiera podría descartarse el uso de armamento nuclear.
“No me preocupa tanto que se repita esta
vez la catástrofe de los pozos en Kuwait, (algo que ya sabemos
cómo enfrentar). Me inquietan los escenarios que no conocemos”,
dijo a Tierramerica Naud, catedrático de la Universidad estadounidense
de Michigan.
Naud se refería así al desastre
provocado en 1991 cuando fuerzas iraquíes que habían
invadido Kuwait en 1990, incendiaron instalaciones petroleras mientras
eran expulsadas del territorio por una coalición militar
de 34 países, encabezada por Estados Unidos.
Cientos de pozos de petróleo en llamas,
aire contaminado con radioactividad, sustancias tóxicas químicas
y biológicas, mantos acuíferos envenenados y miles
de personas muertas, enfermas y desplazadas, son parte del escenario
probable que dejará una nueva guerra en la región
del Golfo.
El científico Zia Mian, de la Universidad
de Princeton, Estados Unidos, cree que a Washington no le preocupa
el daño ambiental de sus operaciones militares. Y que tampoco
tendría reparos el presidente iraquí Saddam Hussein,
quien podría incendiar pozos petroleros y lanzar armas químicas
y biológicas.
“Si un ecosistema resulta afectado, dicen:
es daño colateral. Nadie acepta que el medio ambiente es
un blanco bélico”, comentó Mian a Tierramérica.
Para Naud, la guerra en Iraq tendría
consecuencias mucho peores que las padecidas por Kuwait, pues es
un país más poblado y depende de dos ríos,
el Tigris y el Eufrates, cuya contaminación comprometería
el suministro de agua dulce a toda la zona del Golfo.
El experto, que en 1991 investigó para
Washington los efectos ambientales de la guerra en Kuwait y en 1998
efectuó un trabajo similar para la Cruz Verde Internacional,
declaró que los daños deberían ser considerados
en cualquier plan bélico.
Pero Estados Unidos no da señales de
preocupación, mientras acumula armas y tropas cerca del Golfo.
Según los planes Washington, en las
primeras 48 horas de ataque, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos
arrojarán una lluvia de más de tres mil bombas sobre
Iraq, entre ellas las electrónicas que paralizan los aparatos
eléctricos, y las que contienen uranio empobrecido, un material
cancerígeno, según especialistas.
En caso de que Saddam Hussein incendie los
pozos de crudo, “habrá gran cantidad de petróleo
que se quemará, será enviado a la atmósfera,
se replegará luego sobre el suelo y se filtrará a
los suministros subterráneos de agua dulce”, advirtió
Mian, profesor de la Escuela Woodrow Wilson de Asuntos Internacionales
y Públicos, de la Universidad de Princeton.
“Toda el área será muy
contaminada por mucho tiempo, pues este tipo de incendios de petróleo
son muy peligrosos para las personas, que deben respirar el aire
contaminado con partículas de crudo”, sostuvo Mian.
Sin embargo, el experto británico de
origen paquistaní cree que esto no sería lo peor que
podría pasar en Iraq.
“El secretario de Defensa de Estados
Unidos Donald Rumsfeld dijo públicamente que su país
no descarta el uso de armas nucleares contra Iraq. Debemos tomarlo
seriamente. Estados Unidos está en condiciones de usar armamento
atómico de nueva generación, lo que tendrá
graves repercusiones ambientales”, expresó.
Se trata de bombas que explotarían en
el subsuelo, arrojadas con el propósito de destruir los refugios
secretos de Saddam Hussein.
Aunque los creadores de este nuevo armamento
lo promocionan como “armas nucleares limpias”, eso no
es verdad, pues su explosión propagará grandes cantidades
de material radiactivo en la atmósfera, aseguró Mian.
En la guerra del Golfo de 1991, más
de 500 pozos petroleros fueron quemados, lo que expulsó a
la atmósfera tres millones de toneladas de humo, una espesa
capa que cubrió 100 millones de kilómetros cuadrados,
según expertos.
La nube de humo afectó a más
de cuatro países del área, provocando a su paso enfermedades
respiratorias, mientras los restos de uranio empobrecido expulsados
por las bombas estadounidenses esparcieron la radiactividad por
extensas zonas.
En cierto punto, se formaron 300 lagos de petróleo,
que cubrieron 500 kilómetros cuadrados de desierto con 10
millones de metros cúbicos de crudo, varios de los cuales
llegaron a las aguas del Golfo, afectando a ocho países.
Murieron unas 25 mil aves, y la pesca en el
Golfo quedó en ruinas. Millones de personas fueron desplazadas
de sus hogares por la contaminación del aire y del agua.
Los residuos tóxicos de la guerra del
Golfo continuarán “afectando a la industria pesquera
por más de 100 años”, indicó Jonathan
Lash, director del World Resources Institute de Estados Unidos.
El Instituto de Investigación Científica
de Kuwait indica que más de 900 kilómetros de desierto
fueron dañados por el paso de vehículos militares
y los movimientos de tierras, que hicieron más frecuentes
las tormentas de arena y alteraron todo el ambiente del país.
Estos daños podrían multiplicarse en el caso de Iraq,
sostienen activistas y científicos.
“Estados Unidos bombardeará intensamente
las principales ciudades iraquíes, lo que destruirá
infraestructura de agua y alcantarillado y provocará grandes
incendios”, dijo a Tierramérica el activista Bill Hackwell,
miembro del no gubernamental Act Now to Stop War & End Racism
(Actuemos Ahora para Detener la Guerra y Terminar con el Racismo),
de Estados Unidos.
Un estudio de la Organización de las
Naciones Unidas, difundido a inicios de año, estima que la
guerra haría huir a unas 500 mil personas a países
vecinos en las primeras semanas, y provocaría entre nueve
y 10 millones de refugiados.
“Será un genocidio, es por esto
que nosotros decimos no a la guerra, pues será una catástrofe
natural y social”, señaló Hackwell.
El grupo no gubernamental británico
Medact calculó que entre 48 mil y 260 mil personas podrían
morir durante la guerra, y que otros 200 mil decesos se registrarían
a causa de los efectos en la salud de los iraquíes a largo
plazo.
“Se avecina una crisis de salud pública
en Iraq. Miles sufrirán infecciones, cáncer y desnutrición.
Los niños nacerán con bajo peso, muchos estarán
sujetos a continua tensión, enfermedades mentales y disturbios
en el comportamiento”, dijo a Tierramérica Francesco
Martone, diputado del Partido Verde italiano y presidente de la
comisión de derechos humanos del parlamento.
“Las nuevas estrategias de guerra quieren
desarticular el tejido social y productivo de Iraq”, sostuvo
Martone, para quien hay un interés aún más
perverso.
“La reconstrucción en Iraq se
convertirá en un enorme negocio. Sólo las empresas
italianas podrán ganar 14 mil millones de dólares
por hacer este trabajo”, aseguró.
Para el estadounidense Matthew Naud,
la guerra que se avecina debería ser siempre, por sus temibles
efectos, la última opción.
* El autor es corresponsal de IPS.
Con aportes de Haider Rizvi/Nueva York, Cristina Hernández/San
Francisco y Carla Maldonado/Italia.
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