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Grandes plumas


Indio y tierra, agua y vida

por Marcos Terena

A medida que el Sol invadía el universo de nuestra aldea con sus primeras luces, un grupo de mujeres indígenas ya de edad cantaba alegremente, mientras daba su primer baño de río al pequeño que había nacido aquella noche.

En cuanto la criatura salió del agua fría, llorando a mares, el Sol comenzó a lanzar sus rayos por detrás de los árboles, iluminando a aquella familia, a aquella aldea. Entonces, el papá indio pudo cruzar los brazos y en silencio orar al cielo y dar gracias al Creador "Itu-ko-óviti". El recién nacido entreabrió los ojos, tal vez sin ver nada, pero sonrió, respiró hondo y empezó a formar parte de aquel equilibrio natural.

Así tenía lugar una secular costumbre de nuestro pueblo: iniciar desde el nacimiento nuestra relación con el medio ambiente, en este caso conocer el agua para aprender luego a sorberla y saciar nuestra sed, a navegar en ella con nuestros barcos, a nadar en ella con nuestros cuerpos.

Haciendo esto, nunca dejaríamos de respetar a la naturaleza, su capacidad para protegernos, para alimentarnos, para fortalecer nuestros espíritus e incitarnos a creer en el Gran Creador.

El hombre blanco -descubridor de nuevas tierras y dominador de nuevos pueblos- jamás comprendió ese ciclo de vida. Más bien, con el correr del tiempo descubrió en la naturaleza formas destructoras para satisfacer sus ambiciones ilimitadas.

Fontanarrosa

Nuestro tipo de vida -para muchos "salvaje"- ha sido hasta hoy, en vísperas del siglo XXI, nuestra fuente de buen vivir. Hemos aprendido siempre de nuestros viejos, que el agua es vida, y no un depósito de nuestros desechos. Por eso, para que podamos contemplar en las aguas esa fuente de vida, ahora ellas reclaman nuestra protección.

El mundo desarrollado pretende verter en el agua sustancias tóxicas y hasta atómicas, además de provocar el deterioro de sus márgenes. Eso está matando las aguas del mundo.

El hombre blanco logra dominar a otros pueblos mediante las armas, el poder económico y hasta la religión. Pero así como a la modernidad se le dificulta escuchar la voz de la Tierra, también a nosotros, los indios, nos resulta difícil comprender la devastación de nuestros bosques, del subsuelo y la contaminación de las aguas y el aire.

Un día, caminando con mi abuelo por el bosque, se soltó una fuerte tempestad, como es común en nuestra región. Aquel día me dio mucho miedo la lluvia, pero aquel día también aprendí de mi abuelo a no temer, sino a respetar el ciclo de la lluvia. Era preciso mojar y lavar la tierra, alimentar las plantas y reciclar las aguas de los ríos. Cuando mi abuelo terminó su explicación, la lluvia había amainado; aparecieron de nuevo los rayos del Sol y se formó un arco iris, símbolo de un tiempo nuevo.

Durante la Cumbre de la Tierra en Río, se reunieron indígenas del mundo y formularon una Declaración de los Cariocas, y una Carta de la Tierra, inspiradas en la filosofía de nuestros antepasados. Enfatizaron la necesidad de delimitar las tierras y las aguas indígenas para defender el gran patrimonio ecológico que aún existe. Porque los pueblos indígenas caminamos hacia el futuro, sobre la senda de nuestros antepasados. Algunos creen que es una utopía, pero mientras podamos cantar en nuestras tierras, y nuestras canciones no nazcan y desaparezcan como el Sol, habrá esperanza de un futuro mejor. Pues el indio y la tierra, el agua y la vida, ¡no deben separarse!

* El autor es líder de la etnia yanomami de Brasil, dirigente del Comité Intertribal (itc)

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