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Contrapunto - El poder hidroeléctrico


¿Seguirá siendo el agua fuente principal de energía?

Por José Zatz

Las plantas hidroeléctricas provocan fuertes impactos ambientales, como en el caso de la presa Guri , en venezuela, o la de Itaipú, en Brasil y Paraguay. ¿Deberemos escoger en el futuro entre la energía del agua o la nuclear? ¿Es una ilusión recurrir a fuentes alternativas como la del sol? He ahí la encrucijada energética de América Latina.El poder hidroeléctrico

Vivimos en un mundo de profundas desigualdades. Tal vez, la más aguda es la que existe en el consumo de energía per cápita entre las diferentes regiones del mundo, sobre todo, entre los países llamados "ricos" y todos los demás, en particular, los de América Latina.

Pero, ¿por qué hablar de desigualdades cuando el tema es el aprovechamiento de los recursos hídricos, del agua dulce?

La relación es simple: pretendemos encontrar una lógica que vincule el uso de nuestros recursos con la solución de los problemas sociales que afectan a nuestros países como una peste permanente. Una peste que sume en la marginalidad y la miseria a vastos segmentos de la población en la región.

Que nadie se engañe: mejorar el nivel de vida en América Latina -brindar a los ciudadanos condiciones adecuadas de salud, educación y vivienda, mantenerlos informados y participantes- implica aumentar inevitablemente el consumo de energía.

El uso de la energía eléctrica se consolidó en el mundo por su flexibilidad y porque sus múltiples aplicaciones finales no son contaminantes, condición vital en los grandes centros urbanos.

Por ello, la electricidad se convirtió en la mejor fuente energética para producir trabajo mecánico, frío, calor, iluminación, sonido, información y mil servicios más.

Su consumo creció en las últimas décadas, estimulado por el aumento de la concentración urbana.

Pero a pesar de la abundancia de los recursos hídricos y de la existencia de importantes yacimientos de petróleo y gas natural en el continente, el margen dentro del cual debemos buscar nuestra futura oferta de energía eléctrica es muy estrecho: estaremos obligados, inevitablemente, a escoger entre las plantas hidroeléctricas, que son renovables, y las termoeléctricas o las nucleares.

En los dos últimos casos, los combustibles son de origen fósil, y por tanto no renovables, o son de origen nuclear, lo que implica una serie de riesgos, entre ellos el problema hasta ahora irresuelto del destino final de los residuos radiactivos.

El uso de otras alternativas energéticas, como la solar, podría ser de relevancia en las sociedades futuras.

Mas no nos hagamos ilusiones: hoy es técnicamente posible abastecer a pequeñas comunidades aisladas con electricidad de origen solar, pero es impensable que en las próximas dos décadas se satisfaga el servicio de ciudades como Sao Paulo, Buenos Aires o la Ciudad de México, cuyo consumo de energía eléctrica crece a razón de 500 mil kilovatios al año.

Por otra parte, las condiciones del entorno ambiental imponen mayores límites.

Los aprovechamientos hidroeléctricos causan, por lo general, fuertes impactos ambientales en el ecosistema, dislocan poblaciones, alteran el régimen hidrológico de los ríos, influyen en el clima, provocan olas migratorias, etcétera.

Estas condiciones casi siempre atrasan los plazos de ejecución de las obras y aumentan sus costos.

En el caso de las termoeléctricas -generalmente localizadas en regiones densamente pobladas- los efectos ambientales también son considerables.

Es indudable que vamos a requerir de cantidades importantes de energía eléctrica para nuestro desarrollo social y económico en las próximas décadas.

Sabemos que el agua dulce existente, y en las condiciones apropiadas para el consumo humano, es el recurso natural más degradado y escaso del planeta.

Si la región de América Latina y El Caribe tiene el privilegio de poseer el volumen más importante de agua del planeta, debe saber "capitalizar" este patrimonio y usarlo con sabiduría.

Precisamos de una política energética que use las distintas fuentes de energía de manera más inteligente, aprovechando las sinergias que existen entre ellas.

El desafío consiste en promover una transición hacia un nuevo modelo energético, sustentable a largo plazo.

Este tiene que estar basado en criterios sociales y ambientales, pero también de evaluación de costos y beneficios tanto económicos como financieros.

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