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Un rostro más humano Por Patricio Aylwin Santiago. Parecería que en nuestro tiempo lo más importante para las sociedades fuera la economía. Las naciones se evalúan por un "ingreso per cápita", que resulta de dividir su Pib por el número de sus habitantes. El crecimiento del mismo es el indicador fundamental de progreso. Los prodigiosos avances de las ciencias y tecnologías multiplican la capacidad humana para producir bienes y satisfacer necesidades. Este progreso se traduce en apetitos crecientes de cosas nuevas. Lo que ayer era lujo, hoy se convierte en necesidad, y las cosas que ayer considerábamos excelentes, hoy las eliminamos por desechables. En esta carrera vertiginosa por el progreso, los factores decisivos son la eficiencia y la competitividad. El gran desafío consiste en perfeccionar los bienes y bajar sus costos. A ello contribuyen los avances científicos y la imaginación creadora, pero también otros como la mano de obra barata y la reducción de los beneficios sociales. El ámbito decisivo es el mercado, cuya regla de oro es la ley de la oferta y la demanda. La publicidad despierta, multiplica y excita los apetitos de comprar. La gente se endeuda más allá de sus posiblidades y los más pobres sufren la frustración de ver la fiesta a su lado y no poder entrar. Pero la quinta parte de la Humanidad vive en la pobreza. En nuestra América Latina ese porcentaje se eleva a más de 40 por ciento. Esta realidad nos exige preguntarnos de qué manera el crecimiento, que es legítimo motivo de satisfacción, está cubriendo las necesidades humanas. ¿Cuántos quedan al margen del progreso? ¿Cómo se explica y justifica tanta pobreza en un mundo tan rico? En otro plano, en el vertiginoso proceso del crecimiento económico, las sociedades modernas han ido perdiendo su respeto a la naturaleza. Los hombres no se sienten parte de ella, sino llamados a dominarla y utilizarla; más que admirarla como maravilla de la creación, la ven como fuente de materias primas y de energía aprovechable. Recién en los últimos años, después de siglos de creciente explotación indiscriminada de muchos recursos naturales no renovables y destrucción irresponsable de otros, como los bosques, las naciones empiezan a tener conciencia del crimen que se comete al hacerlo y de la necesidad de conservar y proteger el patrimonio natural de la Humanidad. Estos hechos, dramáticos y alarmantes, nos exigen interrogarnos sobre el "economicismo" prevaleciente en las sociedades modernas. Sería irracional desconocer la importancia de la economía; pero como toda actividad humana, no debiera esclavizar al hombre, sino estar a su servicio. No es sólo cuestión de disponer cada vez de más bienes; lo importante es que éstos cumplan su función propia de satisfacer las necesidades de todos los hombres. Lo contrario es poner a los bienes por encima de los hombres y hacer a éstos esclavos de las cosas, como está ocurriendo. El crecimiento económico es, sin duda, indispensable en el mundo en desarrollo, pero no basta para lograr una buena vida humana. De ahí la necesidad de políticas que, sin despreocuparse del crecimiento, pongan énfasis en sus efectos sociales; lo que en Chile hemos llamado "crecimiento con equidad". El concepto de "desarrollo humano sustentable", que ha acuñado Naciones Unidas, excede con mucho a su aspecto meramente económico. Se refiere a la calidad de vida de la gente, que no depende sólo de la cantidad de bienes de que se dispone, sino también de muchas otras cosas, como el respeto a los derechos humanos, la vigencia de la justicia, la armonía con la naturaleza y la consideración de los factores ecológicos, la expansión de la cultura y el logro de la paz. Debemos entender que la economía no es un fin, sino un medio para servir al desarrollo humano. Sólo en la medida en que asumamos estas múltiples dimensiones del desarrollo lograremos "humanizar" a nuestro mundo. * El autor es ex presidente de Chile. Próximo artículo:
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