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Del Viejo Continente Por Alan Riding PARÍS. Cuando las dictaduras de América Latina pasaron a la historia en los años 80, cuando los tiempos trágicos y heroicos abrieron paso a una lucha cotidiana y poco espectacular para construir democracias con un grado mínimo de justicia, Europa perdió interés en la región.
Pero no fue sólo porque América Latina ya no era una fuente permanente de malas noticias para la prensa europea. Europa también estaba cambiando, mirándose a sí misma cada vez con más inquietud. Antes del fin de la Guerra Fría, su preocupación principal era poder competir comercialmente con los Estados Unidos, Japón y los nuevos "tigres" asiáticos. Después del colapso del comunismo europeo, la prioridad era la estabilidad política. Y con el tiempo, también se hizo claro que, para preservar alguna influencia en el mundo, Europa tenía que convertirse en un bloque económico y político. Por lo menos era la teoría. En la práctica, el resultado ha sido la introspección. Europa ya no quiere saber de los problemas de violencia política en América Latina; los tiene más cerca en Bosnia, Argelia y Chechenya o aún en el País Vasco, Córcega e Irlanda del Norte. Y si tampoco piensa en los problemas sociales latinoamericanos, es porque la pobreza en Africa del Norte y los Balcanes representa una amenaza más inmediata. ¿Qué busca hoy Europa en sus relaciones con América Latina? Inversionistas europeos participan en la especulación financiera que tanto daño ha traído a la región. De contraparte, algunas compañías europeas construyen fábricas y crean empleos. Pero los gobiernos europeos, en general, no se sienten responsables de ayudar a la región. Escribiendo estas líneas desde París, no me es difícil, sin embargo, mirar hacia América Latina con cierto optimismo. No es por nada que Europa se llame el "Viejo Continente". Está cansada, sus años le pesan, su historia dolorosa se repite y, peor aún, tiene miedo del futuro. Desde aquí se ve a América Latina como fuente de renovación cultural, no sólo por la vitalidad de su música, danza o literatura, sino porque es joven y tiene una energía que en Europa se ha ido agotando. Pero esta cultura original existe gracias, precisamente, a la desorganización de las sociedades latinoamericanas. ¿Sobrevivirá en un futuro de mayor desarrollo económico? Para conservar su cultura, la región debe valorizarla. En eso, Europa puede ayudar, como advertencia y como ejemplo. La fuerza de la cultura popular de los Estados Unidos y la aceleración de los medios de comunicación han puesto a la cultura tradicional europea a la defensiva. Me refiero al efecto uniformizador de un mercado que actúa en nombre de una grotesca democracia comercial. Europa está reaccionando contra eso. Si de un lado hay un proceso unificador manejado desde Bruselas, donde "eurócratas" buscan crear normas comunes para todo, hay también un fortalecimiento de sentimientos regionalistas y aún locales. La recuperación de viejas costumbres y hasta de lenguas olvidadas sirve como contrapeso a la homogeneización del mercado. América Latina debe preservar y estimular la cultura. Dicho de otra forma: América Latina tiene que seguir siendo América Latina, para su propio bien, pero también para atraer la atención de Europa. Si las relaciones entre los dos continentes se reducen al intercambio financiero y comercial, serán poco interesantes. Europa sigue siendo el punto de referencia de la cultura occidental, pero América Latina representa lo nuevo, lo imaginativo, lo libre. Su capacidad creativa es también un recurso natural. * Alan Riding, nacido en el Brasil, corresponsal de The New York Times en París. Próximo
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