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| La introducción de especies exóticas De cómo un pez chico devoró dos patos y otro pez Por María Isabel García Las especies foráneas, como la pequeña trucha europea, son también responsables de la vertiginosa pérdida de la biodiversidad Había una vez en Colombia un pato de bello plumaje que se llamaba Cira y otro igualmente hermoso al que le decían Pico de Oro. Los dos alternaban en las aguas frías del altiplano andino con su amigo el Pez Ganso, hasta que llegó de Europa un pez chico y se los comió a todos. Es la Trucha Arco Iris, originaria del norte de Europa, introducida por los colonizadores españoles y adaptada paulatinamente en los humedales de la central sabana de Bogotá y en las lagunas de los valles de Ubate y Chiquinquirá. Pequeña, de apariencia inofensiva, delicia de los pescadores en temporada de recreo y exquisito bocado de los amantes de la buena mesa, la Trucha Arco Iris jugó un siniestro papel en la extinción de tres importantes especies de fauna nativa en este país sudamericano, uno de los de mayor biodiversidad del planeta. La implantación de la trucha en los cuerpos de agua dulce por encima de los 2 mil metros de altura sobre el nivel del mar coincide con el exterminio del Pez Ganso, legendario compañero de los aborígenes chibchas y de las aves acuáticas Cira y Pico de Oro. Cuentan los relatos -entre míticos e históricos- que el Pez Ganso era fuente básica en la cocina precolombina de esta parte de América y que su riqueza en lípidos lo hacía útil como tea en actos ceremoniales nocturnos. Sin embargo, no se conoce mucho más de este pez, pues nunca se hicieron estudios científicos aparte de su registro como especie propia de la fauna ictiológica colombiana, afirma Jorge Morales, director de la División de Fauna del Instituto Nacional de Recursos Naturales (inderena). Los últimos ejemplares de esta especie con alto valor nutritivo, propia de la Laguna de Tota, datan de 1935, cuando se calcula que se acabó para siempre, desplazada por la europea trucha. Al pequeño pez foráneo de agua dulce también se le atribuye la extinción, a mediados de este siglo, de las especies de patos Pico de Oro y Cira. El Pico de Oro era el ave señora de la región andina central de Colombia, donde resultaba muy apetecido por su carne y como proveedor de huevos para la industria del pan. Pero no sólo los humanos iban tras los huevos del Pico de Oro, que anidaba en juncales en las lagunas y humedales de la zona. También la voraz trucha los apetecía, iniciando así la depredación de los polluelos juveniles. El Pico de Oro fue descubierto para la ciencia en 1946 y sólo cinco años después fue declarado extinto. De su existencia dan testimonio algunos grabados y dibujos y cinco ejemplares depositados en la colección del Instituto Smithsoniano de Washington. Otros dos ejemplares están en las colecciones ornitológicas de la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá. Casi simultáneamente se repitió la triste historia con la especie de pato zambullidor Cira, que sobrevivió 22 años a la primera descripción científica que se hizo de ella. Su extinción se debió a la destrucción del hábitat por intervención humana con desecación de humedales, aprovechamiento irracional de los huevos y "la introducción de un pez de gran voracidad, la trucha", según afirma el inderena. Para 1977, se registraban todavía 100 sobrevivientes de esta especie, cuya longitud total no sobrepasaba los 33 centímetros. Entre 1981 y 1982, visitas a la Laguna de Tota, su hábitat ancestral, comprobaron su desaparición definitiva. El director de inderena define como "dramático" el proceso que sigue a la introducción de especies ajenas al medio, tanto en el caso de la fauna como en el de la flora. El científico estima que de las 20 mil especies de aves que hay en el mundo, a Colombia le correspondería el 10 por ciento, lo que implica una invaluable riqueza, pero al mismo tiempo grandes riesgos y vulnerabilidades. Hace ya una década, se anunció que cuatro especies de fauna silvestre desaparecieron en Colombia y que 108 más estaban en proceso de extinción. * La autora es periodista de la Red IPS-PNUMA (Colombia) Otro exótico Por Marcela Valente Es ingeniero hidráulico sin título. Salió de Canadá en 1946 y desembocó en Tierra del Fuego, la provincia más austral de Argentina. Desde su llegada, los bosques se deterioran sin pausa y los ecologistas debaten si hay que trasladarlo, repatriarlo o eliminarlo sin compasión. El protagonista de esta historia es el castor canadiense, un roedor de casi un metro de largo y de entre 12 y 20 kilogramos de peso, que constituye el paradigma argentino de cómo una especie introducida artificialmente puede provocar un impacto dañino en el ambiente. El castor gasta la mayor parte de su tiempo en actividades de construcción. Usa troncos para edificar diques de hasta 20 metros de largo y dos de alto, con los cuales crea lagos artificiales. Allí levanta su "palacio", también con troncos, donde pasa el invierno comiendo corteza de árboles, ramas, hojas y algunos frutos, a salvo de los cazadores. Como resultado de esta actividad, las riberas de los lagos y arroyos se inundan, los árboles se mueren y las zonas de cultivo son víctimas del desvío del curso natural de las aguas. El debate sobre el futuro de este roedor es intenso, no sólo en Argentina sino también en Chile, que se perfila como el nuevo horizonte migratorio del castor. * La autora es periodista del a Red ips-pnuma (argentina) Próximo
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