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Un seguro contra el hambre

Por José Esquinas

Por millones mueren de hambre, por millones nacen más seres humanos cada año... sólo la biodiversidad garantiza la alimentación mundial a futuro

Actualmente, unos 500 millones de personas sufren hambre y malnutrición en el mundo. De ellas, cada año mueren 15 millones por falta de alimentos, es decir, fallece un ser humano cada dos segundos.

Entretanto, el crecimiento demográfico continúa imparable. La población mundial actual es de 5 mil millones de personas. Se predice un incremento del 65 por ciento en los próximos 30 años: para el año 2025, seremos 8 mil 500 millones.

Por millones mueren de hambre, por millones nacen más seres humanos cada año. ¿Qué significa esta estremecedora paradoja? Que sólo para mantener el nivel de hambre actual es necesario incrementar la producción agrícola en un 65 por ciento en 30 años. Enfrentamos un tremendo desafío.

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Bosques se tornan desiertos

Al tiempo que aumenta la demanda de alimentos, perdemos más tierra y más diversidad vegetal, es decir, más plantas para cultivar y para comer, aquellas que son la base de la producción.

Cada año, desaparecen entre 5 y 7 millones de hectáreas de tierras cultivables, y al menos 17 millones de hectáreas de bosques. Mucha de esta tierra deforestada se convierte en desiertos.

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (fao) calcula que existen unas 80 mil plantas comestibles en los bosques tropicales. De ellas, varios miles han sido utilizados históricamente para la alimentación y el bienestar de la humanidad.

Hoy, sin embargo, no se cultivan más de 150, de las cuales apenas 4 representan el 60 por ciento de la alimentación humana: trigo, arroz, maíz y papa.

Si no se revierten estos procesos, hipotecaremos nuestro futuro. Nos queda sólo una salida: aumentar sosteniblemente la producción por hectárea. Para ello es necesario hacer un uso racional de la biodiversidad, el elemento clave para mantener e incrementar la cantidad de alimentos, esto es, para combatir el hambre.

En la diversidad está la resistencia

¿Por qué es la biodiversidad tan importante para satisfacer la demanda alimenticia? Un solo ejemplo, el de la papa, tubérculo originario de América, ilustra la respuesta.

Durante los siglos XVI y XVII, aquellos de la colonización del "Nuevo Mundo", se llevó la papa de América Latina a Europa, junto a muchos otros productos vernáculos. Se trasladaron, sin embargo, unas pocas variedades que se sembraron por todo el Continente y que, en un lapso de dos siglos, se convirtieron en la alimentación base en varios países.

Pero hacia 1835, se registró en Europa una plaga: la phytoflora infestan. La peste destruyó todos los sembradíos de esas pocas variedades de papa y provocó la muerte por hambre de más de 2 millones de personas. Los europeos no se dieron cuenta del riesgo que implicaba apostar a unas pocas variedades.

Tiempo después -en ese proceso de continuo intercambio- se llevó hacia Europa una diversidad nueva y más amplia de papa, y con su siembra se recuperaron los cultivos. En la diversidad trasladada había variedades de papa más resistentes a las plagas que otras. Fue en esa diversidad donde residía la capacidad de resistencia del producto y la posibilidad de satisfacer la demanda alimenticia.

Las sociedades tradicionales de América conocían muy bien el valor de la biodiversidad. En el mundo andino, por ejemplo, los incas desarrollaban una gran variedad de cultivos que hoy no se usan: quinua, oca, olluco, arracacha y tarwi. Muchas de estas especies fueron conocidas por los agricultores tradicionales desde hace miles de años. Sin embargo, fueron sustituidas por especies importadas y variedades comerciales homogéneas, más productivas en condiciones de cultivo intensivo, pero también más vulnerables a plagas.

En la actualidad, la pérdida de la diversidad vegetal en el mundo no se registra tanto a nivel de especies, sino de sus variedades. El deterioro se debe a la sustitución indiscriminada, a través de la historia, de una inmensa diversidad de plantas cultivables y comestibles por unas pocas variedades de cada especie.

Existen ahora múltiples proyectos -apoyados por la fao- para fomentar el uso sostenible de la diversidad genética. De estos esfuerzos dependerá, en gran parte, la alimentación mundial del futuro. Si la producción agrícola moderna sigue apostando a unas pocas especies y variedades, se acelerará el ritmo de deterioro de la biodiversidad agrícola y se reducirán las posibilidades de eliminar el flagelo del hambre. Seguiremos, casi sin percibirlo, presos de esa estremecedora paradoja.

* El autor es secretario de la Comisión Intergubernamental de Recursos Fitogenéticos, FAO

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