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Contrapunto


La frágil paz de Amapá

Por Ulisses Capozoli

Wai Wai, el cacique de la etnia waiapi, nunca oyó hablar de Nube Roja, líder de los sioux oglalas; ni de Tetera Negra, jefe de los cheyennes del Sur. Tampoco escuchó acerca del generoso y sabio Toro Sentado, hábil en el uso del arco y de la palabra. Y nunca nadie le habló de Pie Grande, herido y muerto en la batalla de Wounded Knee, en el invierno de 1890, cuando la suerte de sus hermanos del Norte fue sellada definitivamente: allí perdieron para siempre la libertad de sus antiguos territorios.

Pero el discurso del jefe Wai Wai es el mismo que el que dirigieron sus parientes del Norte a las hordas que avanzaron sobre sus tierras hace más de un siglo.

Los hombres blancos argumentaban que llevaban el progreso con sus armas y sus carruajes cubiertos de lona y, además de eso, disfrutaban del derecho natural de profanar el lecho de los ríos en busca de oro.

A decir verdad, los pieles rojas del Norte no fueron los primeros en alertar sobre la amenaza de los blancos y Wai Wai ciertamente no será el último. Caonabo, quien recibió a Cristóbal Colón en La Española, ya intentaba reunir a sus hermanos para derrotar a los extraños que llegaban con sus casas móviles sobre el mar y se lanzaban sobre sus mujeres exigiendo cuotas de oro y algodón como si fuesen ellos los verdaderos dueños de la tierra.

Los waiapi comenzaron a perder sus tierras originales tal vez en el siglo XVII, cuando portugueses y españoles hicieron avances por la frontera sudoeste de Brasil. Retrocediendo para evitar el contacto, llegaron a Amapá. Sus mitos fijan su origen en el río Paru del Este, que corta su territorio actual.

Los antropólogos saben que eso no es así. Pero los waiapi mantienen esa versión y aseguran que son ancestros también de los brasileños e incluso de los franceses que viven en Guyana.

Los waiapis han luchado con determinación por su territorio, especialmente contra los garimpeiros, y ya tuvieron varias victorias.

Esa es la razón por la que sus tierras se conservan prácticamente intactas. Otro motivo es el aislamiento de Amapá, donde ellos comparten una reserva de 4.7 millones de hectáreas con otras etnias, algunas todavía sin contacto con la civilización occidental.

El territorio waiapi no tiene caminos que unan sus riquezas con el resto de Brasil, debajo del ecuador. Los no indios de los alrededores están casi todos en Sierra do Navio, un enorme cráter en medio del bosque donde desde hace medio siglo máquinas ruidosas arrancan el mineral del subsuelo. Los restantes son caboclos, como son conocidos los habitantes de las comunidades mestizas que tienen, como mínimo, un tercio de sangre indígena. Los indios y los caboclos viven en paz en Amapá.

Con el apoyo de una Ong, financiada por la fundación alemana Konrad Adenauer, los caboclos están trabajando en el manejo autosustentable del bosque. La idea es retirar lo necesario del bosque sin amenazarlo.

La pupunheira, una palmera de la región, es aprovechada de la raíz a los frutos. Con ella, se elaboran productos tan diferentes como macarrón, aceite, puré y alimento para gallinas y peces. La misma explotación cuidadosa está siendo extendida para la castaña de pará, planta que genera recursos de 10 millones de dólares al año a los castañeros y otros 40 millones a la balanza comercial del país. El babaco llega a los 37 millones para sus colectores y a los 90 millones de divisas. El coco de la región, del que se pueden extraer varios productos, entre ellos un vino rojizo y fuerte, genera 41 millones para los colectores y el doble de esa cifra para el mercado internacional.

En conjunto, esta producción garantiza por lo menos 250 millones anuales, sin contar las plantas medicinales.

En 1985, cuando el prestigio de los productos naturales estaba en su apogeo, sólo en los Estados Unidos el mercado para estos productos llegaba a 11 billones de dólares anuales. En Amapá, hay una amplia variedad de plantas medicinales, colorantes, resinas e insecticidas naturales.

Con un territorio tan rico y tan poco explotado, los waiapis y sus vecinos caboclos despiertan la codicia de los aventureros. La antropóloga Dominique Gallois, quien trabaja hace tiempo con esta etnia, advirtió contra el interés de empresarios, sobre todo en el oro de sus tierras. Su denuncia apareció el 10 de octubre pasado en El Journal da Ciencia, publicado por la Sociedad Brasilera para el Progreso de la Ciencia, entidad que reúne a la academia del país.

Se teme que la paz que reina actualmente en Amapá pueda ser perturbada, al tiempo que se frene la continuidad del manejo sustentable del bosque.

La ley del más fuerte

Entre los interesados en la riqueza del territorio de indios y caboclos están políticos de la región. En el extremo oeste de la Amazonía, en el valle del caudaloso río Javari, hay una casta de políticos y empresarios oportunistas, quienes ejercen altas dosis de poder, en algunos casos vinculados con el narcotráfico.

Como en el territorio waiapi, también en este valle hay varios grupos indígenas sin contacto con la civilización.

Aquí impera la ley del más fuerte y del más violento. Maderas nobles como la caoba son retiradas de las tierras indígenas río abajo hasta Manaos. Parte de la madera y también del pescado de la región es contrabandeada hacia Perú o hacia Colombia, como si fuera producción de estos países.

La situación de los indios y de los blancos pobres en el valle no es fácil, pero puede tornarse aún más complicada.

En Amapá, la paz existente también puede ser quebrantada. Se teme la llegada de un número creciente de madereras asiáticas a la Amazonía. El gobierno brasileño, a través de sus agencias ambientales o indígenas, minimiza los riesgos.

Dice que las empresas serán severamente controladas, pero eso es más fácil de enunciar que de cumplir. Los waiapis han demostrado más de una vez que no hablan por retórica...pero en eso están casi solos.

* El autor es editor de medio ambiente del Estado de Sao Paulo.

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