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| Desafío global por Fernando Zumbado Es difícil imaginar un tema mejor para movilizar la solidaridad de las naciones y de los pueblos que el cambio climático, especialmente ante la oportunidad que representa la Conferencia de las Partes en Buenos Aires. En la Cumbre de la Tierra (1992) los gobiernos reconocieron por primera vez que todos los países del mundo tienen una responsabilidad común pero con deberes diferenciados frente a los problemas ambientales globales, como el cambio climático. Allí los países industrializados asumieron que tienen una deuda ambiental histórica frente a los países en vías de desarrollo. Los primeros llevaron a cabo su industrialización a través del uso intensivo de energía con base en combustibles fósiles, lo que ha generado muy altas emisiones de carbono. Este elemento, junto con los óxidos de nitrógeno, el metano y los halocarbones causan el llamado efecto invernadero, que ocasiona un incremento de la temperatura mundial y del nivel del mar. Además, el planeta está sufriendo cambios importantes en la variabilidad climática al aumentar la periodicidad e intensidad de fenómenos como El Niño, huracanes, fuertes lluvias, inundaciones y grandes sequías, cuya relación con el cambio climático global aún no está totalmente comprobada. Las pautas de producción y de consumo del mundo industrializado han sido transferidas a los países en vías de desarrollo y a países con economías en transición. Este impacto tiene una magnitud desproporcionada: en menos de diez años, los países grandes del mundo en desarrollo alcanzarán niveles de emisión anual similares a los que tienen Europa, Estados Unidos y Japón, que tardaron 100 años en emitir estos gases. Sin embargo, el consumo de combustibles fósiles per capita de los países industrializados es todavía casi nueve veces mayor que el de los países en vías de desarrollo. Los efectos de las emisiones provenientes de combustibles fósiles son globales pero sin duda afectarán con mayor intensidad a países de gran vulnerabilidad ambiental y social como pequeñas islas o países con tierras ubicadas bajo el nivel del mar. Por ello resulta urgente tomar medidas colectivas para transformar las pautas de producción y consumo, además de generar alternativas energéticas que preserven la integridad ecológica del planeta y que sean la base de una transición hacia el desarrollo sostenible. En 1992, los gobiernos del mundo firmaron la Convención Marco de Cambio Climático bajo los auspicios de Naciones Unidas y en 1997 se aprobó el Protocolo de Kioto en el cual se adoptaron importantes acuerdos. Para que este protocolo entre en vigor, los parlamentos de los países que generan al menos 55 por ciento de las emisiones de gases efecto invernadero a niveles de 1990 deberán ratificarlo. Estados unidos representa el 22 por ciento de estas emisiones, por lo que es esencial la ratificación de su congreso. Sin embargo, éste ha planteado que ratificará el protocolo si algunos países en vías de desarrollo asumen también compromisos de reducción de emisiones durante el mismo período. Algunos de estos países han establecido que no pueden hacerlo ya que ello comprometería su crecimiento económico y su desarrollo humano. Desde ese punto de vista, sus emisiones son de "supervivencia", en tanto que las de los países desarrollados son de "lujo". Además aducen que esto violaría el principio de "responsabilidades comunes pero diferenciadas" adoptado en la Cumbre de Río por más de 120 Jefes de Estado en 1992. Este es el principal dilema político que enfrentarán los países del mundo en la reunión de la Conferencia de las Partes de la Convención, pero también es un conflicto que se puede superar. El liderazgo conseguido por varios países de América Latina y el Caribe en la Cumbre de Río y en la Conferencia de Kioto debe servir para alcanzar el apoyo y la solidaridad necesarios hacia la solución de un problema que puede poner en riesgo el futuro de la humanidad. Debemos basarnos en los avances tecnológicos y en la creatividad de los pueblos para lograr un acuerdo equitativo entre las naciones con respeto a las culturas, los procesos sociales y las realidades económicas. Estamos ante la oportunidad inédita de lograr que el medio ambiente se convierta en el tema central de un nuevo pacto ciudadano donde los sectores privado, público y social reconozcan sus derechos y sus responsabilidades. Se trata de crear una nueva ciudadanía global que asuma su responsabilidad frente a las futuras generaciones. Y ésta tiene en América Latina un continente comprometido con el futuro del planeta. El autor es director de América Latina y el Caribe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD. Próximo artículo: Conferencia de Buenos Aires: Nuevas reglas de juego>
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