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Análisis


El mismo cielo

Por Fabio Feldman

Todos sabemos que nuestro planeta confronta una crisis de modelo de desarrollo y de supervivencia. Esta es la percepción de nuestros pueblos y de nuestros gobiernos.

Sin embargo, aunque pocos, hay ejemplos concretos de solidaridad y complementariedad en la búsqueda de soluciones ambientales, involucrando a todos: al Norte y al Sur, al Este y al Oeste.

Uno de ellos cumple ahora en septiembre su décimo aniversario: el Protocolo de Montreal.

Pronósticos de la comunidad científica siempre alertaron sobre los peligrosos efectos de un incremento de las penetraciones de las radiaciones ultravioletas provenientes del sol al nivel de la superficie terrestre.

Dijeron que experimentaríamos efectos múltiples como el aumento en la frecuencia de los cánceres de piel y de las cataratas oculares, además de otros tantos sobre el sistema inmunológico del hombre.

Asimismo, señalaron que se registrarían consecuencias perjudiciales sobre las algas y animales marinos microscópicos, que son la base de las cadenas alimentarias de las que dependen las poblaciones de peces.

La protección de la atmósfera en general es una labor amplia y multidimensional en la que intervienen varios sectores de la actividad económica.

Quizá la característica más importante del Protocolo de Montreal sea la disposición de los países desarrollados en la formación de un fondo internacional que posibilitara la transferencia de tecnología hacia los países en desarrollo.

La experiencia llevada a cabo hasta ahora por el Fondo Multilateral permite la transición de Cfc y otros gases nocivos a sustitutos y nuevas tecnologías de manejo que no amenazan el ozono y que son efectivas en cuanto a costos.

Tanto Brasil como el Estado de Sao Paulo disponen de programas propios para el cumplimiento de los plazos de reducción establecidos internacionalmente.

El Protocolo, en su forma enmendada, ha sido descrito como el más significativo acuerdo con relación al medio ambiente. Funciona como precedente importantísimo en relación a la transferencia de tecnología ambiental entre el mundo desarrollado y los países en desarrollo y a la provisión de recursos financieros.

Pero pese a los avances, el contenido total de cloro de las sustancias que agotan la capa de ozono, en la atmósfera aún no ha disminuido. Para eso hace falta seguir aplicando las medidas de control que figuran en el acuerdo.

Nuestra región prioriza esta agenda de control, porque apunta a un balance entre atender las necesidades de hoy y de las futuras generaciones.

Y ya que tenemos un sólo cielo, expresamos nuestra esperanza de que la experiencia del Protocolo de Montreal sirva como ejemplo para las futuras acciones internacionales, especialmente aquellas relativas al calentamiento global.

Nuestro continente tiene que definir una voz clara y contar con una estrategia seria en cuestiones ambientales y de desarrollo.

*El autor es brasileño, secretario de Medio Ambiente de Sao Paulo.

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