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Grandes plumas


Liberar la imaginación

Por Jean-Bertrand Aristide

Durante los primeros años de este siglo, los científicos que estudiaban los fenómenos subatómicos debieron enfrentar un gran desafío intelectual: descubrieron que los conceptos clásicos de la física en los cuales se basaban eran inadecuados.

Einstein se refirió a esa experiencia de este modo: "Todas mis tentativas para adaptar los fundamentos teóricos de la física a este nuevo tipo de conocimiento fracasaron por completo. Fue como si nos hubieran quitado el piso de debajo de nuestros pies."

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Los físicos se vieron obligados a dar un gigantesco salto conceptual, que les requirió un gran esfuerzo de imaginación.

Para entender los desafíos globales de hoy, se requeriría un salto conceptual de magnitud similar.

Desafortunadamente, enfrentamos una crisis en materia de imaginación y mostramos una gran incapacidad para percibir la realidad en su totalidad.

El culto del mercado

El culto del mercado se está convirtiendo rápidamente en una religión mundial en la cual el crecimiento económico es la medida y el límite del proyecto humano.

En el otro extremo de la escala del poder mundial, se encuentran millones de niños que viven en las calles de nuestras ciudades,ubicados completamente fuera del mapa y de los proyectos de los planificadores de la economía global.

En Puerto Príncipe hemos abierto este año una emisora –Radio Timoun– con la participación de esos niños. En un comentario preparado por tres niñas de 11 años se definía a la democracia como "comida, escuela y cuidado de la salud para todos".

¿Es ésta acaso una definición simplista o, por el contrario, visionaria?

A decir verdad, para esas niñas, como para la mayoría de los haitianos, la democracia no significa nada a menos que bajen los precios de los comestibles.

Quizás el razonamiento de estas niñas, que es el de los pobres, nos ayude a dar el salto hacia el siglo XXI.

Sabemos que hay mil millones de personas en el mundo actual que viven en la miseria absoluta. Sabemos que desde 1960 la proporción de riqueza del 20 por ciento de los más ricos con respecto al 20 por ciento de los más pobres del mundo subió de 30 a 1 a 60 a 1.

La globalización, la interpenetración de los mercados mundiales, con un crecimiento económico perpetuo, ha sido presentada como un modelo para aliviar la pobreza.

Entretanto, el mayor beneficiario de las inversiones extranjeras entre 1985 y 1995 fue Estados Unidos con 477 mil millones de dólares. Gran Bretaña está en un distante segundo puesto con 119 mil millones, mientras México, el único país del llamado Tercer Mundo entre los primeros 10, recibió sólo 44 mil millones en inversiones.

Si existe alguna duda acerca de adónde lleva este orden económico a los países pobres, basta con oir lo que dice el Banco Mundial.

En un proyecto sobre la estrategia del Banco Mundial citadohace poco por el diario londinense The Guardian se estima que la mayoría de los campesinos haitianos, que constituyen el 70 por ciento de la población del país, probablemente no sobreviviría a la aplicación de las medidas de libre mercado propugnadas por el banco.

El Banco concluye que "el pequeño nivel de producción y las limitaciones de los recursos ambientales dejaría a la población rural con sólo dos posibilidades: trabajar en el sector industrial o en el de servicios, o emigrar".

Actualmente, el sector industrial emplea sólo a 20 mil haitianos. Hay ya 2 millones de personas que viven en Puerto Príncipe, y el 70 por ciento de ellas está oficialmente desempleado.

Dada la conocida historia de los "boat people" haitianos y de la emigración en general, la segunda posibilidad citada por el Banco Mundial difícilmente puede ser considerada como una opción real.

O entramos en el sistema económico global, en el cual sabemos que no podemos sobrevivir, o nos negamos a ello y enfrentamos la muerte. Este es el clásico dilema de los pobres, una elección entre la muerte y la muerte.

Dadas estas opciones, la urgencia por hallar alternativas resulta clara.

Afortunadamente, los pobres tienen una fértil imaginación cuando se trata de permanecer en vida. El haitiano medio sobrevive con menos de 250 dólares al año. Para ello hace falta emplear la imaginación todos los días.

En Haití, el uno por ciento de la población controla el 45 por ciento de la riqueza nacional, no hay asistencia social y, sin embargo, el suicidio es prácticamente inexistente.

¿Qué es entonces lo que sostiene a los haitianos?

Según mi experiencia, las respuestas emergen constantemente cuando nos acercamos a las dimensiones humanas. El ingrediente decisivo en el proceso de creación de alternativas económicas es la solidaridad entre los pobres.

Las experiencias de micro-préstamos en todo el mundo, desde el Grameen Bank en Bangladesh hasta nuestro trabajo a través de la Fundación Aristide en Haití, demuestran cuán decisivo es el capital humano para promover un crecimiento económico que llegue hasta los pobres.

En 1995, países de bajos ingresos severamente endeudados pagaron al Fondo Monetario Internacional (FMI) mil millones de dólares más de lo que recibieron de ese organismo crediticio.

Al mismo tiempo, las prioridades en materia de gastos mundiales se ven grotescamente desviadas. Se calcula que sólo el 10 por ciento de la ayuda al desarrollo es destinada a satisfacer necesidades humanas primarias (educación, salud, agua potable e instalaciones sanitarias).

Esa cifra representa menos de lo que el mundo industrializado gasta anualmente en calzado deportivo.

Serían necesarios 6 mil millones de dólares anuales desde ahora hasta el año 2000, además de lo que ya se ha gastado, para lograr que todos los niños del mundo puedan asistir a una escuela. Ello representa menos del uno por ciento de los gastos militares mundiales.

Si las manos de los Estados están atadas, la sociedad civil deberá indicar el camino hacia el siglo venidero. Para ello será necesario invertir en la gente, crear estructuras para el diálogo y la participación, inspirarse en la experiencia de los pobres y hacer uso de ella, así como, finalmente, liberar nuestra imaginación.

* El autor es ex presidente de Haití.

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Firmes avances en la región, por Leo Heileman>


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