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Un Frágil Escudo

Por Mario J. Molina

La capa de ozono protege la vida sobre la Tierra contra radiación ultravioleta dañina proveniente del sol.

Es un escudo protector bastante frágil: en la última década ha quedado perfectamente claro que puede verse afectada por actividades humanas.

El ozono se encuentra presente en la atmósfera en pequeñas cantidades.

Como promedio en el globo hay escasamente una molécula de ozono por cada 30 millones de moléculas de aire. Sin embargo, casi el 90 por ciento del ozono reside en la estratosfera, donde las concentraciones locales alcanzan niveles 300 veces mayores que el promedio mundial. El ozono es una especie química bastante inestable: está en formación continua por la acción de la radiación solar sobre las moléculas normales de oxígeno y está siendo destruido por una gama de procesos químicos. El ozono se forma también al ras del suelo debido a la contaminación del aire en las ciudades, en cantidades pequeñas en la escala global, pero muy significativas localmente por sus efectos dañinos sobre la salud humana.

En la capa más baja de la atmósfera, llamada la tropósfera, las temperaturas disminuyen con la altitud. La siguiente capa, la estratosfera, se caracteriza por un perfil invertido de temperatura que conduce a la estabilidad atmosférica.

Además, la estratosfera es muy seca, no llueve a esas altitudes, y la lluvia es el mecanismo más eficaz para eliminar contaminantes de la atmósfera inferior. Por ello, los contaminantes inyectados en la estratosfera se quedan allí durante muchos años antes de seguir su camino a la tropósfera.

Hace más de 20 años sostuvimos que ciertas sustancias químicas industriales llamadas clorofluorocarbonos (Cfcs) se descompondrían en la estratosfera, proporcionando así un mecanismo para que se depositaran allí especies químicas reactivas que darían inicio a un proceso que finalmente conduciría a la destrucción del ozono. Los Cfcs han sido usados principalmente como refrigerantes, solventes y propulsores para aerosoles. Tienen dos propiedades importantes: químicamente son muy estables y por ello, son no-inflamables, no tóxicos y no se descomponen dentro de un refrigerador o dentro de una lata de aerosol. Además pueden fácilmente transformarse de líquido a vapor bajo condiciones leves de temperatura y presión, que es precisamente lo que los hace funcionar como refrigerantes o propulsores.

A principio de los 70 quedó claro que estos compuestos se acumulan en la atmósfera y que su presencia puede seguirse desde el Hemisferio Sur, aunque la liberación principal se lleva a cabo en las latitudes norte. Sus concentraciones atmosféricas son pequeñas: sólo entre una y tres moléculas de cada mil millones de moléculas de aire está formada por Cfcs. Su estabilidad química es lo que les permite llegar a la estratosfera.

Por contraste, los productos resultantes de su descomposición incluyen átomos de cloro, que pueden destruir decenas de miles de moléculas de ozono a través de un proceso catalítico. Es debido a este factor de amplificación que, pese a sus pequeñas concentraciones, tienen efectos importantes sobre el ozono.

Ha habido una pérdida estacional de ozono estratosférico en los últimos años, especialmente en latitudes superiores durante los meses de invierno y primavera. El efecto es aún más dramático sobre la Antártida, donde más del 98 por ciento del ozono desaparece en la estratosfera inferior. Muchos estudios de laboratorio, mediciones de campo y cálculos con modelos atmosféricos confirman que esta pérdida de ozono se debe a las reacciones químicas con productos de la descomposición de los Cfcs y otros compuestos de origen industrial.

Como respuesta a la creciente preocupación pública, se negoció en 1987 el llamado Protocolo de Montreal. Por su mandato, se prohibió totalmente para fines de 1995 la fabricación de la mayoría de los Cfcs en los países industrializados. Mientras tanto, se han desarrollado tecnologías y sustancias alternativas. Se espera que la capa de ozono empiece a recuperarse hacia fines de este siglo, siempre y cuando se acate el Protocolo.

*El autor es mexicano, Premio Nobel de Química 1996.

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