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| El concepto antiguo más moderno La vivienda Por Mario Fernández de la Garza La neblina que surge de las tierras bajas envuelve amorosamente los perfiles de los pueblos de la sierra de Zongolica en Veracruz, México. Deslavados matices de acuarela modelan el escenario de las celebraciones ancestrales del pueblo náhuatl, que hace cientos de años subió a estos cerros para refugiarse del avance de los conquistadores. En la sierra, la inauguración de una casa constituye un ritual especial, doméstico e íntimo. Cuando concluye la construcción de la vivienda, una anciana del pueblo, la más venerable, mística articuladora del mundo tangible de la realidad inmediata con la realidad trascendente, es llamada por el padre para que, a nombre de la familia, pida a la nueva casa que reciba benévolamente a sus moradores. Entre las volutas aromáticas del sagrado copal y las flores esparcidas por el suelo, la abuela va pidiendo, de cara a los cuatro puntos cardinales y a través de un tierno canto, dirigido a la nueva casa como a una entidad viva y sagrada, que permita a sus nuevos moradores habitarla con felicidad. Al fin del ritual, la neblina funde hombre, casa y entorno en una unidad mágica en la que cada componente adquiere su verdadera trascendencia. Para la cultura occidental, la vivienda es una "máquina para vivir", un objeto, una barrera protectora de la individualidad frente a las inclemencias de la naturaleza. En la cultura indígena la casa es un ámbito vivo y sacro integrado al medio ambiente. Este mensaje evidencia un enfoque hoy considerado "muy moderno": una nueva conciencia del hecho humano de habitar. El Director General de la unesco, Federico Mayor, anotaba hace poco que el habitar debe entenderse como el acto que toca al ser y al tener y que se soporta en una percepción integral del ambiente. La misma percepción de la abuela de Zongolica. Esta nueva -y paradójicamente ancestral visión de la vivienda- propone la reformulación de esquemas conceptuales y tecnológicos para encontrar nuevas bases de diseño, construcción y gestión de la casa-habitación. En el contexto urbano, los grupos sociales perciben al medio ambiente de forma integral. Es decir, para el habitante urbano, vivienda, áreas verdes, transporte, salud, educación, empleo y recreación son diversos factores de una realidad única percibida en forma de calidad ambiental. Sin embargo, la idea de la vivienda -entendida fragmentariamente como un simple techo- ha modelado durante décadas el pensamiento de políticos y técnicos. Esta concepción provocó pocos resultados prácticos y muchos fracasos financieros, que se traducen en la calidad y cantidad de la vivienda: nuestra región registra más de 160 millones de habitantes del medio urbano y casi 70 millones del medio rural bajo los límites de la pobreza absoluta. La consecuencia: 30 por ciento de la población regional no tiene acceso a una vivienda digna. Se estima que la demanda margi-nal de nueva vivienda -generada por el crecimiento demográfico- asciende cada año a dos millones de unidades. La tendencia hacia los "espacios mínimos" prevalece en todas las promociones de vivienda popular. Debido a limitaciones financieras, falta de imaginación de proyectistas y el afán de lucro de constructores, en lugar de "pies de casa" se construyen "dedos de casa", que incrementan el déficit cualitativo de viviendas. Debemos crear nuevos mecanismos de gestión, diseño y construcción de viviendas a través de la participación ciudadana. Es decir, concretar el mandato de la Cumbre de la Tierra de 1992: el logro del desarrollo sostenible, o sea, la justicia social, el abatimiento de la pobreza, el uso racional de los recursos y la democracia. Ojalá muy pronto nuestros pueblos accedan a una vivienda digna. Sólo entonces uniremos nuestra voz al dulce canto de la abuela de Zongolica, que infunde de alma a las inertes paredes, techumbre y piso de una casa y la transforma en hogar de una familia.
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