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Transición agrícola Por Rafael Rodríguez Capetillo Los primeros habitantes del planeta descubrieron los maravillosos regalos que como alimento les podía dar la naturaleza su la cuidaban. La tierra fértil era sagrada. A través del culto la adoraban y su posesión provocó intensas luchas de poder. Hoy, las crecientes necesidades humanas ejercen gran presión sobre los recursos de la tierra, lo que fomenta su uso inadecuado y la destrucción de ecosistemas. La agricultura es un sector básico de la economía en el mundo en desarrollo y representa, incluso, una fuente importante de ingresos por exportaciones. Pero se ha caracterizado por usar prácticas no sostenibles, cuyos resultados son la intensa degradación de los suelos. En casos extremos, puede registrarse desertificación, que afecta al 70 por ciento de todas las tierras secas, equivalente a 3 mil 600 millones de hectáreas y a la cuarta parte de la superficie total. Si se dividen en unidades de superficie alimentaria, los suelos agrícolas tienen una determinada capacidad en términos de calorías y proteínas de origen vegetal, es decir, pueden nutrir a un número fijo de seres humanos. Si éste se excede, provoca degradación de la productividad y, eventualmente, desertificación y hambrunas. Debemos aumentar la producción alimentaria en forma sostenible y aplicar nuevas tecnologías que aseguren un suministro estable de alimentos, así como la generación de empleos rurales, y una eficaz gestión ambiental. Aunque compleja, la transición hacia un desarrollo agrícola sostenible es viable. Esta exige un cambio en las prioridades de los gobiernos y del pueblo, la integración de la dimensión ambiental en las políticas económicas y una redistribución de los recursos financieros tanto a nivel nacional como internacional. Próximo
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