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| Cinco Mandamientos Por Frei Betto 1.- Venerarás al mercado sobre todas las cosas Todo se vende o se intercambia: objetos, cargos públicos, influencias, ideas. Nada se regala. Ahora, al valor de uso se le antepone el valor de cambio. Aún cuando hay personas que mueren de hambre en Sao Paulo, a los ojos del mercado nada justifica las ocupaciones de tierras ociosas realizadas por los representantes de los 4.8 millones de familias brasileñas carentes de tierra. El mercado es un ser sensible, fácilmente irritable. Por eso, ciertas informaciones del Banco Central, como la inminente quiebra de un banco, no deben divulgarse. El mercado podría cimbrarse. Más vale perder la ética y el pundonor político, si con ello se salva la salud del mercado, ese demiurgo para el cual todos se sienten llamados... pero son pocos los elegidos. 2.- No profanarás la moneda, desestabilizándola Otrora los pueblos indígenas sacrificaban humanos para aplacar la ira de los dioses. ¿Abominable? No tanto. El ritual prosigue; sólo que ahora los métodos cambiaron. En 1985, el Nacional, uno de los dos bancos brasileños más grandes, comenzó a hundirse. Durante diez años, mediante operaciones fraudulentas, sacó miles de millones de dólares del Banco Central de Brasil. En octubre pasado, el gobierno de Fernando Henrique Cardoso creó el Proer, programa de ayuda financiera para bancos en dificultades. Un solo banco fue favorecido, el Nacional, con el equivalente a 6 mil millones de dólares. Según el gobierno, era preciso evitar una crisis "mexicana" del sistema financiero de Brasil para evitar la desestabilización del real, la moneda brasileña. En Brasil viven cerca de 7 millones de niños en las calles. Con mil millones de dólares se les podría alimentar, cuidar y educar. Pero, debido a la lógica neoliberal, la salud de los bancos está por encima de la vida de los pobres. 3.- No pecarás contra la globalización McLuhan ya preveía que, gracias a las nuevas tecnologías de comunicación, el mundo iba a convertirse en una pequeña aldea. De hecho, la Tierra resulta pequeña para las ambiciones de las corporaciones transnacionales. ¿Por qué invertir en la protección del entorno si ello no incrementa el valor de las acciones en la Bolsa? Los dos únicos obstáculos al imperio de las transnacionales -conocido por el eufemismo de globalización- son las burguesías nativas y el Estado. Las burguesías ya no defienden intereses nacionales. Son, cada vez más, meras administradoras de los intereses transnacionales. El Estado es instado a devolver a la iniciativa privada todas las actividades potencialmente lucrativas, limitándose a dos funciones básicas: árbitro de los litigios jurídicos y represor del descontento popular. A fin de cuentas, como consta en la bandera de Brasil, sin orden no hay progreso. 4.- Codiciarás los bienes estatales y públicos en favor de la privatización Si el bien común no es el valor prioritario y sí lo es el lucro, privatícese todo: salud, educación, carreteras, playas, bosques. Privatizar es ahusar la pirámide de la desigualdad social. Las ganancias se las apropia una minoría y el desempleo y la miseria se socializan. La ola de la privatización también alcanza los sentimientos y valores. Nos estamos volviendo menos solidarios, indiferentes al drama ajeno, encerrados en el capullo de nuestro mundo de artilugios electrónicos. Tenemos un celular, pero no con quien dialogar; estamos conectados a Internet, pero no sabemos cómo se llama nuestro vecino; pasamos ante la computadora un tiempo que jamás dedicamos a los hijos. 5.- Prestarás culto a los sagrados objetos de consumo Ante un alud electrónico que equipara la felicidad al consumo, adoptamos el mimetismo. Recorremos aceleradamente el trayecto que conduce de la esbeltez física a la ostentación pública de celulares, a casas de veraneo y automóvil importado, haciendo de cuenta que nada tenemos que ver con la deuda social. No hay espacio para la poesía, ni tiempo para disfrutar la infancia. Se mercantilizan las relaciones conyugales, así como las familiares y de amistad. En este juego, como sucede en las películas estadounidenses, quien no es astuto y despiadadamente cruel, muere. Sólo hay esperanza para quienes creen que el diluvio neoliberal no es capaz de acabar con todos los sueños y se atreven a navegar, aunque soplen vientos débiles, en las alas de la solidaridad para los excluidos, de la lucha por la justicia y de la búsqueda incansable de un mundo sin fronteras también entre ricos y oprimidos. Pero eso es otra historia que exige mucha fe y cierta dosis de valor. * El autor es brasileño, fraile dominico, director de la revista latinoamericana América Libre. Próximo artículo:
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