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El paraíso perdido - Los escenarios de la droga

Por Roger Rumrril

El consumo de drogas es el más perverso de fin de siglo. Sus efectos ambientales -en la cadena de la producción- son devastadores

IQUITOS, PERÚ.- El ex presidente de Colombia Virgilio Barco Vargas solía ironizar diciendo que la única ley que cumplen casi religiosamente los narcotraficantes es la de libre mercado.

En virtud de esta ley, el motor más poderoso que mueve la producción y la oferta de drogas es la demanda del mercado, o sea, el consumo. Los efectos en cadena del consumo y la producción de drogas son múltiples en la economía, el tejido social, la cultura y la política.

Pero hay un impacto que además de pernicioso es devastador: el que afecta al medio ambiente, sobre todo, a los ecosistemas tropicales de los países andinos. Allí se produce coca y amapola, materias primas del clorhidrato de cocaína y la heroína, respectivamente.

‘Ya llegó el fin del mundo’

El valle del Huallaga en el Perú fue, durante mucho tiempo, una especie de paraíso para los pobres. Los programas de colonización -que a veces fueron pretextos para esquivar procesos de Reforma Agraria- consideraban esos valles como la última frontera de la esperanza.

El Chapare boliviano y el Caquetá, el Guaviare y el Putumayo en la Amazonía colombiana han representado también una suerte de quimera para millones de desplazados por la violencia, campesinos, mineros desocupados...todos los condenados de la Tierra.

En los setentas -en el período de mayor expansión y crecimiento de la economía mundial, cuando se genera el ciclo de la cocaína- la demanda del mercado transformó el apacible valle del Huallaga. Lo convirtió en el área cocalera más grande del mundo: de cinco mil hectáreas de coca que se cosechaban para el consumo tradicional, la superficie explosiona hasta alcanzar doscientas mil hectáreas para el narcotráfico en 1990.

El valle del Huallaga -el paraíso de los pobres- se conflagra. Porque, junto con la coca articulada al narcotráfico y al mercado mundial, aparece la guerrilla maoísta de Sendero Luminoso en 1983 y en 1987 el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (mrta), de tendencia guevarista. Las siete plagas del apocalipsis se instalan en el valle del Huallaga.

En 1969 realicé una larga travesía por el valle del Huallaga. En varios pueblos, los colonos organizados en cooperativas que cultivaban café, cacao, arroz y plátano, soñaban todavía con el paraíso.

Hace algunas semanas volví otra vez a recorrer el valle y esas aldeas. Un campesino, con una frase dramática, resumió la situación: "Aquí ya llegó el fin del mundo".

Todo parece haber contribuido a este escenario apocalíptico en el Huallaga y todos los valles tropicales enganchados a la demanda de las drogas: la violencia ciega, el colapso de los precios de la hoja de coca, la crisis de la agricultura por la política de precios internacionales y, como mar de fondo, el desastre ecológico.

La muerte de la naturaleza

1986 fue un buen año para los precios de la hoja de coca y de la Pasta Básica de Cocaína (pbc): 50 dólares la arroba de la primera y casi mil dólares el kilogramo de la segunda. El ingeniero Marcelo Tadeo, agrónomo peruano, calculó que en ese año se usaron 57 millones de litros de kerosene, 32 millones de litros de ácido sulfúrico, 16 mil toneladas métricas (tm) de cal viva, tres mil doscientas tm de carburo, 6 millones 400 mil litros de acetona e igual cifra de tolueno.

Estos ingentes volúmenes de precursores se utilizaron para procesar un promedio de 6 mil 400 tm de pbc. Gran parte de estos contaminantes artificiales se arrojaron a ríos y lagos de la cuenca del Huallaga, afluente del Amazonas.

Estos precursores son letales para la fauna y flora acuáticas. Muchos producen una desoxigenación de las aguas y la desaparición de la fauna hidrobiológica. Los ríos -que representan la sangre de la biosfera- están amenazados de muerte.

No es el único daño a la ecología tropical. Sólo en los valles del Huallaga y del Amazonas peruano -sin contar la deforestación en las Amazonías de Colombia y Bolivia- se han talado más de un millón de hectáreas de bosque por los cultivos ilegales, con impacto en cadena sobre los suelos y la biodiversidad.

Cada vez que se intoxica un usuario de drogas -no importa si es un yuppy instalado en su confortable departamento en Arlington, Estados Unidos, o un fumador de pasta en Tingo María, Perú- no sólo arruina la ecología de su mente y de su cuerpo, sino también la ecología social y natural de su país y del mundo.

Pero la más perversa contaminación es la pobreza. Hay que combatirla junto a sus correlatos -entre ellos la producción y el consumo de drogas- porque es una vergüenza para la humanidad.

* El autor es investigador peruano, consultor internacional, especialista en narcotráfico.

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Coca y cocaína: ¿vidas paralelas? Por Juan Carlos Rocha>


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