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Alianza energético forestal

Por Jaime Thoá


De 1969 a 1990 el consumo energético mundial se expandió en un 164 por ciento, con una tasa anual de crecimiento de un 3.3 por ciento. No se trata, sin embargo, de un patrón de consumo uniforme. Existe un gran desbalance entre América Latina y Europa, América del Norte y las potencias asiáticas.

En nuestra región, el consumo per cápita fue de 8.72 barriles equivalentes de petróleo, contra 20.69 en Europa Occidental y 49.12 en Canadá. Se prevé, por tanto, que la demanda aumentará más en nuestra región que en los países desarrollados.

Enfrentamos un gran desafío: atender a los sectores poblacionales que no tienen una provisión de energía en condiciones económicas y de seguridad apropiadas.

Quienes carecen de energía estable viven en condiciones de pobreza, extrema pobreza o marginalidad, y dependen de la leña como principal fuente energética. Un fenómeno asociado a la depredación de nuestros bosques, que representan el 27 por ciento de los existentes a nivel mundial.

Por ello, urge resolver estos déficits de energía en condiciones de sustentabilidad social y ambiental. Es decir, satisfacer las necesidades mínimas de toda la población a precios equitativos y promover un desarrollo social amigable con el medio ambiente.

En la última década el esfuerzo regional estuvo centrado en desregular y privatizar. Acciones necesarias pero insuficientes, si no se busca la equidad como resultado del desarrollo energético y no se enfrenta el impacto ambiental del aumento de la oferta energética.

Es indispensable coordinar políticas oficiales con el área de recursos naturales renovables, en especial los forestales.

Esta alianza energético-forestal puede fomentar el cumplimiento de las urgencias del habitante rural y la conservación de las cuencas fluviales. Pero, sobre todo, concretar una tarea nada utópica: conciliar el bienestar humano con la sustentabilidad ambiental del desarrollo.

* El autor es ex ministro de Energía de Chile.

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