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Grandes plumas


Los lugares sagrados

Por Marcela Serrano


Como la vida es un azar, de no mediar un par de horas en el aeropuerto de Ciudad de México y haber conocido allí a un sajón de esos que andan tras lugares que le aquieten el alma, no me habría enterado cuán rápidos corren los aterrantes pasos de la depredación. Me contó que vivía en Guatemala, en la ciudad de Antigua.

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Uno de los latidos fuertes de mi corazón latinoamericano es guatemalteco, por lo que de inmediato me interesé por ese espacio en el continente que me ha regalado tanta belleza: intimidad, silencio y hasta una novela. Me pregunta cuánto hace que no voy por allí, le contesto que dos años. Ya no es lo mismo de antes, me dice con aire triste. El vive hace 18 años en Antigua y siente que en el último año y medio se la están robando. Que los autos ya no permiten las dulces caminatas por esas calles adoquinadas, que los fines de semana se repletan de "gente mala" con armas y ruido delictivo.

Que los precios han subido descomunalmente, que cada día se abren nuevas tiendas, más sofisticadas y más ajenas al espíritu de sus habitantes. En fin, mientras sigue su descripción algo se me anuda cerca de la garganta. Antigua, mi Antigua, está perdiendo su carácter. Una vez más, me están quitando uno de los pocos lugares sagrados que restan en este pedazo del mundo.

No es que los escritores estemos contra el progreso. Al revés, solemos preciarnos de ser parte -de alguna forma u otra- de las vanguardias y de abrazar toda causa progresista. Pero también sucede que los escritores somos seres solitarios. La literatura es un acto de gran privacidad. Como el amor, difícil resulta hacerlo en medio de la calle. O a la vista. ¿Cuáles son los lugares de un escritor?

La paradoja es que hoy, cuando la soledad es probablemente más avasalladora que nunca en la historia, resulta impensable lograr la soledad física donde ejecutar esta acción. Los espacios se han atiborrado de tal modo que este don nos es escamoteado. La ciudad se nos vuelve en contra, la estética de la gran urbe impide la limpidez del corazón: lo acelera, lo estimula sólo para dejarlo cansado y acesante. El cemento no enjuga las lágrimas.

¿Pero es que el único concepto de refugio que nos queda es el de la naturaleza? ¿Sólo allí podremos desvestirnos de las sombras inquietas? ¿Ella nos hará pasar de las tinieblas pavimentadas a la subjetiva luz del bosque? ¿Entonces la mirada descansará de absorber la melodía más melancólica?

Los lugares son para poder asirse.

Pero, si ya nos están quitando Antigua, mañana nos quitarán Machu-Picchu o el Hospicio Cabañas en Guadalajara o las casas de madera en los lagos del sur de Chile.

Entonces, los voraces decretarán la prohibición de todo lugar sagrado y mirarán codiciosos a los acantilados. Y los escritores, derrotados por los avaros, asumirán que los únicos lugares son los internos y creerán que -de seguir el mundo como va llegará un tiempo donde ya no exista nada sino la literatura.

* La autora es escritora chilena.

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