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Punto de vista


El loro neurótico de Quito

Por Abdón Ubidia

Parece el título de un cuento. Pero es la pura verdad. Hay, en las cercanías de Quito, Ecuador, un refugio para animales tristes. Lo mantiene una pareja devota de la vida silvestre, Beatriz y Herbert Schlenker. Pese a las apariencias, no es un zoológico privado. Es una estación de paso para aves y monos en trance de ser devueltos a su selva de origen. También cuenta con huéspedes de otras especies, colados allí, sin otro derecho que el de la compasión. Un perro de agua, una nutria, un cóndor estropeado, una guatusa, un cusumbo, comparten su suerte con el ejemplar más solo del mundo: un Aguti paca, gran roedor nocturno cuyos congéneres ya se han extinguido. Nadie los ha visto en muchos años.

Entre las 30 pajareras que alojan a 23 clases de loros, llegamos a la jaula de los Ara– severa, pequeños guacamayos verdes que tienen la cabeza adornada de plumas rojas. En un rincón, alejado de los suyos, tembloroso y pelado, arrancándose lo que queda de sus plumas, está el loro neurótico. Es la imagen viva del espanto.

Beatriz me cuenta su historia. Desde que lo capturaron en su nido y lo trajeron a la ciudad, jamás había visto otros loros. Un muchacho lo crió y abandonó años después. Cuando entró a la jaula de sus parientes, empezó con esa manía de quitarse las plumas. Ahora no saben qué hacer con él. No se admite como el loro que es. Y en libertad no sobreviviría.

La Fundación Rescate Fauna Silvestre, que los Schlenker financian con sus propios recursos, tiene, además, una finca de 40 hectáreas –15 de selva virgen–, en la cálida provincia de Esmeraldas, en el noroccidente ecuatoriano. Los biólogos y botánicos que trabajan en ella son voluntarios.

"Casi todos los animales que han vivido en cautiverio muestran comportamientos neuróticos", dice Herbert. "Hay un mono que, puesto en el bosque y en completa libertad, sólo atina a dar vueltas vertiginosas en estrechos círculos".

"Para cazarlos, los colonos tienen que matar a los padres y derribar los árboles en que habitan", dice Beatriz.

Entonces yo me pongo a pensar en el pobre destino de esos colonos y en las tribus diezmadas de nuestros "tristes trópicos", que tienen la más alta tasa de deforestación del mundo, y en los derrames petroleros que envenenan nuestros ríos y en toda esa gran estafa que, desde hace más de un siglo, ha sido la "modernización" de América Latina –alienación y deuda incluidas– y me digo que es idiota seguir arrancándonos nuestras plumas para mostrar una piel lisa y árida que no es la nuestra.

* El autor es escritor ecuatoriano

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Grandes plumas: Nobles y diversos, por Elena Poniatowska>


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