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Contrapunto La salud reproductiva


El derecho a ser mujer

Por Ivonne Szasz

Para ellas se trata de dejar atrás el papel de satisfactoras de otros, de escoger su propio bienestar, su realización personal

Existe una tendencia a establecer una relación lineal entre el crecimiento poblacional y la crisis ambiental: "Mientras más somos, más afectamos al entorno", suele decirse, sin tomar en cuenta las dimensiones sociales del problema.

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Y hay quienes -alarmados por los límites de la habitabilidad del planeta- responsabilizan a las mujeres por el acelerado crecimiento demográfico.

Pero si nos atenemos a los datos disponibles sobre la transición demográfica en América Latina, resulta por lo menos injusto culpar a las mujeres.

Siempre que las mujeres han tenido acceso a los recursos para controlar su fecundidad, lo han hecho.

E, inclusive, se ha registrado una importante demanda previa de las mujeres -anterior a las propias políticas públicas- por la regulación de sus procesos reproductivos.

En América Latina, la tasa global de fecundidad- número promedio de hijos por mujer- se redujo de un promedio de 5 en los 70 a un promedio de 3 en 1990. Un descenso de esas dimensiones tardó en Europa más de un siglo. Esto quiere decir que las mujeres latinoamericanas han asumido una dinámica de cambio de valores, de identidad, de patrones culturales.

Nuevos conceptos

En el debate demográfico, existe una importante evolución en torno a los conceptos.

Tradicionalmente, hemos usado los términos "planificación familiar" y "salud materno-infantil", para referirnos -con un matiz médico- a las enfermedades y muertes relativas a los procesos reproductivos, y a las complicaciones del embarazo y del parto. Un concepto con un fin claro: controlar el crecimiento poblacional.

Ahora, se empieza a acuñar un nuevo término: "salud reproductiva". Al contrario del anterior, éste pone énfasis en "los derechos sexuales y reproductivos de hombres y mujeres".

Es decir, el acceso de hombres y mujeres al propio cuerpo, a la satisfacción personal y a la toma de decisiones sobre cuándo, cómo y con quién tener relaciones sexuales.

El nuevo concepto tiene que ver con la información, la libertad y el acceso a métodos anticonceptivos y de prevención de enfermedades de transmisión sexual, así como a la posibilidad de interrumpir un embarazo sin poner en riesgo la salud de la madre.

Y tiene, además, un acento social de primer orden: expresa el derecho de todos a los espacios de atención a la salud y a condiciones satisfactorias de vida.

Para las mujeres se trata, en esencia, de reconocer su derecho a tener deseos, a pensar más en ellas mismas, a buscar su propio bienestar (y dejar atrás el papel de satisfactoras de otros), a decidir si quieren reproducirse o no, cuándo y cuán a menudo hacerlo.

Tres dimensiones

Existen tres dimensiones de la desigualdad social entre los sexos que afectan la salud reproductiva de las mujeres: la división social del trabajo, la construcción de la identidad femenina en torno a la maternidad y el control social de la sexualidad.

1.- Las diferencias respecto a cargas de trabajo, responsabilidad frente a los hijos y remuneraciones, se traducen para las mujeres en jornadas intensas y extensas, descanso y satisfacción reducidos y conflictos entre demandas de trabajo y de cuidado de los hijos. Esto afectan de manera múltiple su salud reproductiva.

2.- La identidad de las mujeres se define de modo que todos sus deseos, necesidades y fantasías confluyen hacia el matrimonio y la maternidad. La valoración subjetiva y social de la feminidad se sitúa en el logro de la función reproductora.

Esto conduce, por ejemplo, a que las mujeres jóvenes busquen en la procreación una manera de lograr o afianzar uniones maritales y ejerzan la anticoncepción y la maternidad con ambivalencia y conflicto.

3.- El control social de la sexualidad femenina se expresa en normas que proscriben la sexualidad no procreativa en mujeres solteras. Impulsan, además, la maternidad temprana y el desconocimiento de las mujeres sobre su cuerpo y su sexualidad, y legitiman la poligamia masculina, la violencia sexual y doméstica.

Estos son algunos de los grandes temas de debate. La Conferencia de Población en El Cairo constituyó un gran avance. Fue allí donde, de cierta manera, se consolidó el concepto de "salud reproductiva", a instancias de las organizaciones de mujeres.

Pero no existe un consenso universal. En la Conferencia Mundial de la Mujer en Beijing, se expresaron las inmensas divergencias existentes. Y el debate seguirá siendo intenso, sobre todo porque toca patrones culturales y éticos de nuestras sociedades.

* La autora es investigadora del Programa de Salud Reproductiva y Sociedad del Colegio de Mexico.

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