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Análisis


Un mensaje inmortal

Por Fernando Belaúnde Terry

Rara vez se encuentran en el mundo civilizado restos de la obra humana que, lejos de dañar, exaltan y preservan el mensaje de la naturaleza.

La ciudad prehispánica de Machu Picchu exhibe esa cualidad. Está ubicada en lo alto de un contrafuerte andino del Valle Sagrado de los Incas.

Se alza unos 150 metros por encima del nivel del río Urubamba, que lo circunda a una altitud de dos mil 60 metros. Es un hito hacia la inmensa floresta amazónica. Para penetrar en su misterioso origen es difícil encontrar el camino de una verídica investigación histórica.

El respeto a la tierra, la hábil selección del sitio y la adaptación a la topografía que un simple ordenamiento no destruye, exalta.

Como todo pueblo de cumbre se busca un eje dominante relativamente plano que constituye el centro de la población, flanqueado, por un lado, de una colina donde se agrupan las viviendas y, por el otro, de un cerro que adquiere un sentido ceremonial. Allí está la Intihuatana -"el lugar donde se amarran los astros"- y el templo de las Tres Ventanas, que simbolizan los mandamientos andinos de veracidad, honestidad y laboriosidad.

En algún lugar bien enmarcado por andenerías y construcciones, está el solemne mausoleo del Inca. Y, como protección contra la erosión y fuente de abastecimiento, la ciudad está rodeada de terrazas que han resistido la acción de los siglos.

Entre las ciudades rescatadas del olvido las hay -como Pompeya y Machu Picchu- que ofrecen un impresionante contraste. Aquella fue cubierta por la lava del Vesubio con violencia, sin piedad. Al retirarla aparecieron, entre las ruinas, pruebas de sus frívolos excesos. Fue como la confesión del pecado.

En cambio Machu Picchu se encontró cubierta por una mortaja de vegetación. Retirada ésta, surgió intacta. En la necrópolis los esqueletos eran predominantemente femeninos. ¡Los hombres luchaban afuera por su libertad! La ciudad mostraba su respeto por la topografía. Tenía un conocimiento remoto de la zonificación: cada elemento en su sitio. Estaba dotada de agua con un sistema de abastecimiento aún en uso. Respetaba las laderas que supo mantener intactas.

Hoy, pasados varios siglos, se encuentra intacta la obra del pasado. Ello le hizo escribir a Pablo Neruda una dramática invocación:

Dadme el silencio, el agua, la esperanza.
Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.
Apegadme los cuerpos como imanes.
Acudid a mis venas y a mi boca.
Hablad por mis palabras y mi sangre.

* El autor es ex presidente de Perú (1963-68 y 1980-85).

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