Tierramérica
Seleccione el ejemplar que desee visitar:
vacio.gif (807 bytes)
Acerca de Tierramérica
vacio.gif (807 bytes)
Foro de discusión
Links Utiles
Búsquedas
Autores
Galería de Portadas
Secciones
Inicio
vacio.gif (807 bytes)
 

El reino del auto

Por Diego Cevallos

Ocho de la mañana; siete de la tarde. El pulso vial de la Ciudad de México sube al límite junto al de millones de personas que, en busca de un espacio entre los bulliciosos y contaminantes vehículos, apuestan algo más que su tiempo.

Saturados con un parque vehicular de 4.2 millones de unidades -que crece tres veces más rápido que la población- los capitalinos arriesgan la calidad de su salud física y espiritual.

Porque el coche -inaugurado a inicios de siglo- es el símbolo más tangible del caótico entorno urbano en las grandes ciudades y de sus efectos sobre la salud del hombre.

El auto alteró la vida de la comunidad, definió nuevos rasgos en la arquitectura, transformó la atmósfera e influyó en estilos de vida.

Por el automóvil se mantiene la industria del petróleo, plástico, vidrio y acero; se construyeron avenidas, estacionamientos y talleres que fragmentaron colonias y robaron espacios a la naturaleza.

Alrededor del reinado del auto, los ciudadanos debieron aprender a resistir la hipertensión, enfermedades respiratorias, los peligros de contraer cáncer por inhalar tóxicos, estrés por ruido y muerte repentina por accidentes.

Las emisiones de los autos -responsables del 70 por ciento de la contaminación- tienen efectos directos en la salud humana.

El benceno es uno de los contaminantes más peligrosos, pues es reconocido por la Organización Mundial de la Salud, Oms, como un cancerígeno que se distribuye por todo el cuerpo y pasa directamente a la sangre.

Aunque autoridades oficiales argumentan que no se están midiendo los niveles de benceno en la capital, un estudio de Greenpeace estableció que su promedio de concentración fue de 124.4 ug/m3 en 1994.

Otro contaminante, el ozono, reduce la capacidad respiratoria, mientras que el monóxido de carbono disminuye la disponibilidad de oxígeno en la sangre, agrava las enfermedades cardiovasculares, afecta el sistema nervioso central y el embarazo.

En el último cuarto de siglo, el número de carros creció más de 500 por ciento en el Distrito Federal, lo que obligó a desplegar a más de 17 mil kilómetros la extensión total de calles, ejes viales y avenidas.

Este año se lanzó el Programa para Mejorar la Calidad del Aire en el Valle de México, que promete una industria limpia, vehículos menos contaminantes, transporte público eficiente y recuperación ecológica.

El proyecto -que requerirá una inversión de 12 mil 500 millones de pesos- se plantea para dentro de cuatro años la eliminación en 50 por ciento de la emisión de los hidrocarburos en la ciudad.

Asimismo, se espera reducir en 45.1 por ciento la emisión de las partículas suspendidas y en un 41 por ciento los óxidos de nitrógeno.

Una patología urbana

Para Alejandro Calvillo, de Greenpeace, la ausencia de transporte público eficiente transformó al vehículo privado en el símbolo de estatus social, en la meta de millones de personas, en la marca que diferencia las clases.

En cambio, José Luis Lezama, sociólogo investigador de El Colegio de México, opina que el auto dejó de ser un emblema del ascenso social y es un "medio para sobrevivir" en una ciudad donde el transporte público "es todo un peligro".

Para ambos es, sin embargo, evidente que la lucha por un espacio vial creó una "patología urbana", que define y explica comportamientos del mexicano contemporáneo.

Se registran, entre otras cosas, aislamiento, agresividad al conducir, mayor exposición a contaminantes y destrucción de las escasas zonas verdes existentes en una ciudad que es de las más contaminadas y pobladas del mundo.

En la capital, donde se calcula que dos millones de personas padecen neurosis, 55 por ciento de los habitantes se movilizan en autobuses, 16 por ciento en automóviles particulares, el resto en metro, taxis, a pie o en bicicleta.

Según Greenpeace, las concentraciones más altas de contaminantes no se producen en las calles sino en el interior de los vehículos privados y públicos.

"Las concentraciones encontradas indican que quienes viajan durante 45 minutos o más en omnibús, combi o automóvil se exponen a cantidades de CO2 superiores a las normas de la calidad del aire", indica un estudio sobre transporte realizado en 1993.

Diversas investigaciones indican que el capitalino gasta entre 45 minutos y una hora en realizar un viaje dentro de la ciudad, un tiempo que hace 20 años hubiese sido suficiente para abandonar la mancha urbana.

La advertencia es clara. Si tardan las promesas oficiales de mejorar el transporte público y desalentar el particular, el futuro paisaje capitalino sería una avenida atorada de coches, sin cabida para peatones, donde será muy difícil respirar y mantener el equilibrio vital.

* El autor es periodista de la Red Ips-Pnuma.

Próximo artículo:
Contrapunto: un peligro nos acecha>


Programa de las Naciones Unidas para el Medio AmbienteNaciones UnidasPrograma de las Naciones Unidas para el Desarrollo

TIERRAMÉRICA se realiza en sociedad con

 IPS América Latina 

Prohibida la reproducción total o parcial de textos y gráficos sin previa autorización del PNUD y del PNUMA