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La  salud psicosocial


¿Ciudades para la vida?

Por Diego Carrión

Es un hecho. La ciudad es el espejo de la sociedad actual al acaparar todas las piezas del rosario de males modernos: violencia, embotellamientos, contaminación, desintegración social, desempleo, pérdida de identidad cultural...

Estos problemas inciden directamente en las personas y propiciaron en los últimos años el incremento de las enfermedades "sicosociales", que son el resultado de los agobios urbanos.

El 65 por ciento de los latinoamericanos vive en ciudades y se prevé que esa proporción llegue al 83 por ciento dentro de cuatro años.

La presión demográfica, junto con el incremento de la pobreza, los cambios en patrones de consumo y la gradual retirada del Estado en la provisión de servicios sociales ha provocado que las condiciones de vida se deterioren dramáticamente en las últimas décadas.

La adaptación física y psíquica a ritmos de vida urbanos supone enormes esfuerzos individuales y colectivos, marcados por cambios socioculturales en el ámbito de las relaciones humanas, valores, normas y costumbres.

La convivencia social está signada, en muchos casos, por el trabajo repetitivo, insatisfactorio e inestable, además de las tendencias al individualismo, la incertidumbre y el pesimismo.

De ahí que en las ciudades latinoamericanas aumenten progresivamente el estrés, el tabaquismo, el sedentarismo y la inseguridad, junto a enfermedades asociadas a la violencia y los trastornos mentales.

El ruido, la contaminación y el tráfico son ya elementos inherentes del universo urbano. El uso del automóvil, asociado con falta de conciencia ciudadana, se convierte en arma letal de las ciudades. La tasa de muertes por su causa en los países pobres es 20 veces superior a las de los desarrollados.

En nuestras ciudades también son altos los índices de alcoholismo, suicidios y homicidios. En Sao Paulo, matan a 60 personas por cada cien mil habitantes, mientras en Medellín (caso extremo en la región) la tasa de homicidios es de 300 por cada cien mil habitantes.

La violencia obliga a adoptar estilos de vida defensivos y limita las posibilidades de recreación y descanso, al tiempo que genera comportamientos de desconfianza y aprensión.

Humanizar la ciudad

Pero las ciudades, en sí mismas, no tienen por qué ser nichos de patología mental o somática. Son las relaciones excluyentes las que destruyen identidades.

Debemos aprender a vivir y convivir en aglomeraciones. Humanizar la ciudad es democratizarla, en el sentido más amplio del término: facilitar el acceso de todos a los bienes y servicios, con prioridad para los que menos tienen, los niños, las mujeres, los ancianos y los minusválidos.

Se trata, también, de fortalecer la democracia representativa y ampliar los espacios y posibilidades para el ejercicio de la democracia directa.

Significa -como señala Enrique Ortiz, secretario de la Coalición Internacional del Hábitat- abrir espacios para el ejercicio pleno de la libertad, la creatividad y el gozo de sus habitantes. Es garantizar que la gente se apropie de la ciudad, la viva, la imagine, la disfrute, la transforme.

* El autor es ecuatoriano, arquitecto, director del Centro de Investigaciones CIUDAD, de Quito.

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